Posteado por: Alfon Quintela | noviembre 20, 2008

No soy crítico de cine. “Séptimo Sello”

No soy un crítico de cine, así que no voy a hablar sobre las maravillas y excelencias de esta película que nunca me cansaré de ver y que está considerada como la primera obra maestra de Ingmar Bergman y por tanto una de las mejores películas de la historia del cine del siglo pasado. Lo que os quiero comentar es cómo un niño de nueve años en la España de los setenta se pudo quedar fascinado con una película como el Séptimo Sello.

 A todas luces es una película lo más absolutamente alejada de lo que podía estar esperando ver un niño de aquella época y de esta que vivimos en su sesión diaria de televisión. Talvez mi fascinación tan extraña por esta película tuviese que ver con la época en que se emitió: Semana Santa. Imaginaos, si ya de por sí a una España rancia, ultracatólica  y postfranquista como era en aquella época de los setenta le añadimos la Semana Santa y a unos señores con gafas oscuras y de bigote fino que tenían de por sí querencia por cortar todo lo que tuviese que ver con metraje de bovina cinematográfica…. uno se podía esperar cualquier cosa sobre la programación de películas de Semana Santa. Mas bien uno podía esperar poco porque realmente nadie podía elegir nada, así estaban las cosas. En esos años oscuros, con todo lo que llevábamos encima, el asunto se agravaba en esta época del año, rozando la depresión profunda.

 

Septimo Sello

Septimo Sello

Lluvia, cielos grises, esos polos marrones y las botas del super. Tristeza, capirotes kukuxklan morados en marcha marcial, cirio en mano a golpe de tambor y trompeta con ‘quejío mariano’ de fondo mientras que con la otra mano aguantaban la imagen de una persona torturada en una cruz para la redención humana. Visto esto a través de los ojos de un niño que no sabía quién era Franco, ni la dictadura, ni la religión en su lado más oscuro (si tiene algún lado claro esto de la religión…), la verdad es que la cosa, como poco, impactaba. Lo único bueno que tenía aquello eran las liberadoras vacaciones, pero ni aún así. En las vacaciones, la mayoría acabábamos metidos en la sala de casa o en un recóndito pueblo de uno de tus padres. En mi caso un pueblo de alta montaña y muy frío para una Semana Santa norteña. El único refugio que quedaba era esa televisión en blanco y negro y con dos rombos. Esperando que saliese por el tubo catódico alguna película como tarzán o los payasos de la tele, esa era la única salvación.

 

Séptimo Sello

Séptimo Sello

Pero no, estábamos en Semana Santa y tocaba recogimiento, contrición y más flagelo mental si cabe para todo el mundo que por eso estamos en este mundo, por pecadores y comedores de manzanas prohibidas. Ni los niños se libraban de esta lobotomización sistemática, ni el horario en programación infantil tampoco. Así que sólo quedaba la posibilidad de escurrirse entre los sofás para poder ver de forma clandestina algo para los mayores…pero las cosas pintaban sino igual, peor. Películas peplum o films con un Moisés abriendo las aguas verticalmente en caída de diez metros hollywoodiense mientras su pueblo elegido y en el que algunos luego se identificarían para justificar atrocidades, era perseguido por unos egipcianos más malos que el betún y siempre de piel oscura. Y de pronto entre tanta tristeza, oscuridad y decadencia por todos lados, parece que a algún censor afortunadamente se equivocó al incluir esta película de Bergman. Confundiendo churras con merinas autorizó la emisión, pensando que la película que veía, si es que la vio entera, emitía un mensaje perfecto de interiorización y religiosidad para una semana santa. Este hombre de gafa oscura y bigote fino debió pensar que la película sintonizaba con la idionsincrasia del momento, incluso debió de darle rabia que fuese hecha por un extranjero y no por un español por pensar que era una película tan religiosa como España, cuando en absoluto lo era, la película vamos. Este señor debió de ver los valores de recato y represión que a él le hubiese gustado tener en todas las películas que censuraba. Debía de ver lo que aparentaba la película y ahí se quedó para mi satisfacción. Veía una película oscura, en vez de una búsqueda existencialista a través de los fotogramas, lenta, en vez de reflexiva y de cine europeo de vanguardia, sin desnudos por su puesto, que exaltase valores profundos, en este caso la muerte y el mensaje de que los humanos somos carne pecadora sin redención, exceptuando la salvación a través de la cruz; cuando el mensaje era todo lo contrario, cuestionar la moral pacata, represora, la cultura calvinista de autoimposición y represión moral.. en fin un afortunado despropósito por parte de aquellos censores que yo celebro enormemente porque me dieron la oportunidad con nueve años de fascinarme con un lado aparentemente siniestro, mágico de aquellas imágenes frías, limpias que desarrollaba Bergman secuencia tras secuencia.

 

Cartel del Séptimo Sello

Cartel del Séptimo Sello

Yo era un niño, no era capaz de procesar conscientemen en ese momento todo lo que estaba moviendo dentro de mi cabecita aquella película, pero sabía que me gustaba aunque no era capaz de definir con precisión porqué. Gracias a ese episodio siniestro de querer alienar nuestras mentes entre bocadillo y bocadillo de nocilla, tuve la suerte de disfrutar con nueve años de edad de una increíble y espectacular película que hoy sería impensable en horario infantil. No se lo voy a agradecer a los censores, ni a su pacata moral, ni a la religión, ni mucho menos a la onda telúrica que siguió después de la muerte de Franco. Pero sí se lo agradezco a Ingmar Bergman que sin proponérselo se coló por el tubo catódico de la piel de toro de dos cadenas y actuó sin querer como un maquis infiltrado mandando mensajes cifrados en territorio hostil. El mensaje aunque críptico, coló. Los censores tragaron y la mayoría de los españolitos no entendió nada calificando la película de rara, aburrida, ‘de estas de santos’ y mejor ver el fútbol con una copa de soberano que es cosa de hombres. Pero ahí estaba Bergman, sin prisa, oculto entre cada imagen, esperando que alguien descifrase su película, alguien que hubiese cruzado la frontera a Perpignan o Hendaya o alguien que fuese un niño como yo.

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